jueves, 11 de diciembre de 2014

1ro de julio de 2010.

Quisiera decir que ésta es la fecha, pero realmente fue semanas antes. Mi hermana ya era cristiana, y todos la humillabamos, y le decíamos cosas feas, pero ese día tras una larga y tediosa discusión, ocurrió algo diferente: Mi hermana entra al cuarto donde me encontraba yo, era la primera vez que la veía llorando -ella solo tenía 20 y yo 13 años de edad-. Me acerqué en mi aparente compasión y la traté de animar diciéndole que no era necesario que llorara, ella respondió unas palabras que cambiaron mi vida, dijo: Tú no lo entiendes, yo le fallo, y Él me sigue perdonando.

Eso tocó mi vida, y pude entender una pizca de su amor por mí. ¿Alguien podía perdonarme?, ¿Quién me amaría tanto?, ¿Para qué vine a la tierra? y ¿Habrá algo más allá? eran las preguntas de mi día a día.

En ese corto momento, supe un poco de esas preguntas, las cuales serían confirmadas posteriormente.  Me enteré de un hombre que vino desde el cielo a la tierra, era Rey pero estuvo aquí como pobre, y no solo eso, sino que entregó su vida con sus manos y pies clavados a una cruz de madera gigante. 

Pero, lo impresionante no era eso, sino el hecho de que él perdonó todos mis pecados, aun cuando yo no había nacido, y lo hizo todo con amor, eso le dio sentido a mi vida, entendí para que vine, no a sufrir, ni a llorar, vine a ser campeona. Desde el momento en que nací, Él me vio y me amó. 

No nací para ser esposa, o madre, ni siquiera hija, sino a conocerlo a Él, y cuando muera, poder ver su rostro, y ser bienvenida en su casa.

Era hijo de Dios, pero me amó hasta el final.


Juan 3:16 "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito (único), para que todo aquél que cree en El, no se pierda, sino que tenga vida eterna."

 

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